Aunque teníamos una muy buena excusa -un matrimonio al que no podíamos faltar-, viajar con las amigas es algo que, realmente, las mujeres deberíamos permitirnos como mínimo cada par de años.

 

Va más allá del tema de lucas. (Aclaro esto para quienes están pensando en este momento algo como “claro, esta weona cree que todo el mundo puede virarse una semana a Miami/Punta Cana/ Buenos Aires o donde sea”). El destino, -aunque ayuda-, no es el tema de fondo. (Mejor si puede ser con aguas calipso y arenas blancas, para qué andamos con cosas). Pero el tema real aquí es que TODAS nos merecemos una desconexión DE VERDAD. Desenchufarnos del día a día. Poder poner la mente en blanco. Preocuparnos únicamente de lo que vamos a comer POR PLACER ese día, de si queremos estar a la sombra o al sol en la playa, de qué playlist queremos que suene en ese momento o de cuantas veces hemos escuchado la maldita “Despacito” en la radio.

Sí, irse de vacaciones en familia es rico. Las que tienen la suerte de contar con una buena red de apoyo y pueden arrancarse solas con el marido, también. Pero poder estar 24/7 con las amigas, volver a sentirse mujeres antes que mamás y esposas, no tener la cabeza llena de todo tipo de información y logística doméstica, poder REALMENTE apagar el modo alerta, dormir de corrido, hablar de cosas banales (y no tanto, también), reírse hasta llorar, llorar y terminar riéndose… esos recuerdos que sólo se logran en espacios así, creo que debieran ser hasta obligatorios.

 

Fueron 9 días exquisitos, donde volví un poco a ser la Dani pre mamá, pre señora, pre dueña de casa. ¡Y ni siquiera yo sabía cuánto lo necesitaba! ¡Cuán cansada estaba!

 

Volví renovada, con las pilas puestas, las ideas claras, más energía, y por supuesto, más agradecida que nunca del marido atómico que tengo que me apañó con todo para que la desconexión fuera al 100% y de mis amigas, ¡por haber hecho de este viaje, uno inolvidable!

 

¡Definitivamente ya estoy planeando el siguiente!

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