Reflexión precumpleaños

Supongo que no soy la única a la que le pasa esto. Los días previos a mi cumpleaños me baja la melancolía. De manera totalmente espontánea me pongo a pensar, a analizar el año que pasó y, sumado a eso, hace cuatro años que unas semanas antes de cada fecha importante, empiezo a extrañar a mi papá más que nunca y a imaginar cómo sería si él estuviese aquí.

 

Siempre he admirado a esas personas que esperan ansiosas su cumpleaños. Que lo anuncian a los cuatro vientos y postean en todas las redes sociales las selfies correspondientes a la fecha, con hashtags del tipo #felizcumpleañosamí o similares. Que aman celebrarse en grande y recibir llamados todo el día. Las admiro porque a mí me pasa todo lo contrario y no veo cómo podría ser de otra forma. Para mí el 30 de marzo siempre ha sido un día de reflexión y me gusta rodearme de los más cercanos, los que son de verdad. Esos que siempre han estado y que no dudo que siempre estarán.

 

Este año para mí estuvo marcado por dos eventos. El primero, la llegada de mi Martín, el nuevo amor de mi vida. El que vino a demostrarme que sí es posible querer aún más, el que nos consagró como familia y el que nos ha hecho estar más unidos que nunca. Pero su llegada no fue del todo fácil. Todo el tema de su alergia alimentaria y el trastorno digestivo que sigue teniendo me tocó duro. Pero como soy fiel creyente de que todo es por algo, eso también tenía su razón de ser. Lo que me lleva al segundo evento; el haberme reencontrado con una queridísima amiga de la infancia con la cual había perdido contacto hace muchos años, pero de la que siempre estuve al tanto por personas en común. Las dos sabíamos que el cariño seguía estando. Su hija tenía exactamente lo mismo que Martín, y el apoyo mutuo fue y sigue siendo fundamental. Y así, después de más de 10 años sin hablar, hoy se ha vuelto a convertir en alguien a quien considero una amiga. Y yo de esas tengo pocas, pero las mejores.

 

Aún así, con tanta cosa linda que me pasó, no puedo evitar sentir una especie de vacío. Hace un tiempo ya que trato de no ver noticias en la tele porque me deprimen, pero es inevitable ver la realidad del mundo que nos rodea y en el cual están creciendo nuestro hijos. Y eso me tiene mal. Este ha sido un año marcado por desgracias horribles, un año donde por primera vez en mi vida me dio miedo ser judía en mi país. Un año donde la libertad de expresión y el respeto por el prójimo perdieron todo sentido y donde, siendo amante de las redes sociales, viví en primera persona el daño que pueden hacer cuando se usan sin pensar. Y así es como mucha gente las está utilizando hoy. Grandes y potentes armas de doble filo.

 

Este ha sido un año de desconfianzas. Un año en que más de alguno de nosotros se ha preguntado ¿y para qué? Para qué el esfuerzo, para qué seguir intentando, cuando sabemos que siempre será para los mismos. Cuando la injusticia ha sido develada en nuestras caras. Este ha sido, sin duda, un año extraño. Un año de tragedias. Un año de crisis. Pero como siempre, en momentos como éste recurro al sabio de Einstein y su manifiesto sobre la crisis que tengo impreso y pegado en el espejo de mi clóset desde hace años. Para leerlo y tenerlo presente cada vez que me siento así.

 

«No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias.

 

Quien supera la crisis, se supera a sí mismo sin quedar ´superado´.

 

Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia.
El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones.
Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo».

 

Y estoy de acuerdo. Así que, bienvenida crisis de los 31 años para mí. Bienvenido a ver la crisis de otra forma para el resto del planeta.

 

(Foto por Brooke Lark)

 

 

 

 

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