Reflexión amistosa de jueves por la noche

(Photo by Toa Heftiba on Unsplash)

 

Si me hubiesen preguntado hace un par de años atrás, hubiese jurado de guata que no me iba a volver a hacer más amigas/os. Me refiero a amigos DE VERDAD, porque conocidos buena onda está claro que todos tenemos. Mi reducido y adorado grupo de BFF’s ya estaba más que consolidado desde el colegio, y la vida me fue constantemente sumando hermosas personas, como compañeras de estudios, amigos/as que traía de yapa mi marido y que hoy considero también propios, y personas únicas y especiales que hace muchos años forman parte de mi círculo de confianza.

 

Pero como la vida es impredecible y generosa, me ha vuelto a sorprender. Porque hoy, cuando miro a mi alrededor y aún manteniendo a mi gente de siempre igual de cerca, me doy cuenta de que en cada paso que doy, y aún siendo una mujer bastante introvertida, conozco personas especiales, y he tenido la gran suerte de que algunas de ellas, muy poquitas, se han ganado hoy un espacio en mi corazón que ni siquiera yo sabía que tenía disponible.

 

Y es así como las circunstancias te van acercando a gente con la que jamás pensaste tener tanto en común. Y es así como te descubres de repente contándoles cosas a estos «nuevos amigos» que jamás te atreviste antes a confesar. Y es así como tú misma te vas conociendo nuevamente, desde cero, al mismo tiempo que lo comienzan a hacer ellos, y te das cuenta de lo grande que estás, de lo distinta, de lo madura incluso. Y comienzas a entender por qué esas personas aparecieron en tu vida, y por qué tú tenías que estar en la de ellos. Y agradeces, porque esa dirección a la que tantas mínimas elecciones tomadas te llevaron, va dando frutos, y porque tuviste la capacidad de abrir tu alma, confiar y darle una oportunidad a esa pequeña chispita que hoy tanto te alumbra.

 

A mis amigas de toda una vida, y a mis amigos de la vida que me queda; gracias por tanto. ¡Los quiero enormemente!

 

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