Hace un rato terminó Iom Kippur, el “día del perdón”, una de las festividades más importantes del pueblo judío.
Y aunque la relación con mi religión ha mutado bastante desde que falleció mi papá,-algo que sólo entendemos el de arriba y yo-, este día me llega profundamente, por muy desconectada que pueda sentirme a veces.

 

He pensado mucho en todas las razones y personas por/a las que debería pedir perdón (que no son pocas). Porque uno vive su vida muchas veces sin darse cuenta de que por más pequeñas o cuidadas que sean las palabras, los actos, los gestos, igual pueden estar hiriendo a alguien. Que todo tiene su consecuencia. Incluso lo que no se hace. Y es algo que constantemente se nos olvida.

 

He pensado también en esas cosas que he hecho con querer. No por maldad, pero sí a conciencia de que las estaba haciendo. Desde las más mínimas tonteras, a otras un poco más “serias”, no por hacer daño, sino simplemente porque soy humana. Porque a veces la cagamos no más. Porque a veces elegimos mal, porque a veces estamos perdidos, o no sabemos bien qué queremos. Porque tomamos malas decisiones, porque preferimos hacer algo que sabíamos que nos haría mal pero que en ese minuto nos convenía, porque no fuimos los papás/mamás que siempre soñamos ser, las hermanas, hijas, esposas, amigas, empleadas, jefas. Porque algo nos dio lata, porque no nos interesaba realmente, porque era lo más fácil en ese momento.

 

Todos lo hacemos. Constantemente.
Pero lo que no hacemos, es darnos la oportunidad de perdonarnos. Porque para pedir perdón primero tenemos que aprender a soltar. Aprender que a veces, simplemente, no damos más. Y reconocerlo, y aceptarlo. Entender que no todos somos iguales, que no a todos nos cuesta lo mismo. Que dejar algo así también está bien, que no todo tiene que ser perfecto, y que ese “perfecto” muchas veces vive únicamente dentro de nuestra cabeza y de nuestros parámetros.

 

Solemos enseñarle a los niños a pedir perdón cuando le pegan al hermano, cuando le quitan el juguete al amiguito. Pero se nos olvida que esa es su manera de aprender. Que equivocarse es necesario para su crecimiento como seres humanos. Y que no tiene por qué ser algo malo.

 

Por eso hoy decidí, primero, pedirme perdón a mí misma. Quererme un poco más. No exigirme tanto. Enfocarme más en lo que he logrado, y no en lo que me falta. Dejar de compararme con el resto, no sentirme peor madre por darles colados de vidrio o sopa de sobre a los niños de vez en cuando. Por estar genuinamente cansada de no dormir de corrido hace años. Por dejarlos ver tele más rato del que había acordado conmigo misma. Por hacer las cosas que siempre dije que no haría. Por mirar el celular mientras manejo, aún cuando me prometí que no lo volvería a hacer. Por gastarme lo que no tenía que gastar, en eso que no necesitaba. Por tantas, tantas cosas que con o sin querer, me hacen ser quien soy. Y enfocarme en que sólo desde ahí puedo crecer. En que ése es justamente mi nuevo punto de partida. En que solo yo sé, desde dónde dar ese primer paso. En que sólo si me perdono de corazón, puedo volver a comenzar. Al menos hasta el próximo Iom Kippur.

 

(Foto por Toa Heftiba)

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