¿No debería sentirme adulta ya?

¿Se acuerdan que cuando chicos jurábamos que una persona de 30 años o más era sinónimo de estabilidad? ¿De carrera próspera, casa con patio, perro e hijos? ¿Que todos esos seres que en aquel entonces nos parecían unos vejestorios, debían tener su vida resuelta ya a esas alturas? Bueno, ad portas a un nuevo cumpleaños, y más que vieja según esos ingenuos parámetros de niña, sigo sin sentirme así. E incluso, para variar, sin saber qué quiero.

Me da risa contar esto, pero quizás, como tantas otras sorpresas que me he llevado desde que tengo este blog, hay más gente que siente lo mismo y me doy cuenta que no estoy tan loca después de todo.

Aquí una de las anécdotas que mejor reflejan lo que quiero expresar: En el matrimonio de una amiga muy querida, en plena ceremonia, un caballero se desmayó. Se desplomó del asiento y hubo una gran ola de pánico. La ceremonia se detuvo, obviamente, y la gente comenzó a gritar preguntando si había un doctor en el lugar. Y aquí viene: Los que se pararon a ayudar, sí, los médicos, esos profesionales que salvan vidas, que han estudiado años y años, eran justamente nuestros amigos. Los mismos que estaban sentados en nuestra fila, los que crecieron junto a mi marido y a mí, con quienes compartimos tanto. Ellos eran los que sabían qué hacer en una situación así. Ellos tenían la respuesta. ¡ELLOS ERAN LOS ADULTOS! Y yo, tierna yo, seguía mirando para los lados esperando que un «grande» se parara a ayudar. No porque no supiera que tengo amigos que son los mejores profesionales de la medicina, ¡sino que porque yo aún sigo sintiendo que no he crecido del todo! Y si ellos eran los doctores, eso significaba que aunque se me haya ocurrido estudiar unas cuántas carreras bastante menos cotizadas, ya debería haber asumido que hace mucho que crecí, ¿no?

Es un poco como cuando en mi casa no hay mantequilla, o se acabó la leche. ¿Será normal que todavía, después de ocho años de matrimonio, a veces se me olvide que cuando pasa eso, es responsabilidad mía? ¡Es como si todavía en el fondo esperara que mi mamá aparezca con las compras y se haga cargo! Jajajajaja… Sé que puede sonar raro, onda comadre, por favor, CRECE. Y de verdad que lo he hecho en muchos aspectos de la vida. Pero hay momentos en que aún me pasan estas cosas. Estos pequeños lapsus donde me cuesta cachar que ya soy una de esas adultas que solía mirar hacia arriba cuando niña. Que si no hay comida en la casa es porque YO no fui al supermercado, que es parte de la vida que tenga que mandar a hacer y retirar mi propia torta de cumpleaños (acepto opiniones al respecto), que ya debería entender de una vez que no debo dormir si no me he sacado el maquillaje, y tantas otras pequeñas cosas del día a día que pensé que a estas alturas ya tendría incorporadas.

Supongo que todo esto me pasa porque en el fondo, no me siento de la edad que tengo. Se acerca otro 30 de marzo y, como he contado antes, mi cumpleaños me produce sentimientos encontrados. Sé que tengo (casi) 33, pero no me acomoda vestirme como tanta gente a mi alrededor piensa que debería hacerlo. Quiero seguir haciéndome tatuajes. Quiero viajar por el mundo. Quiero seguir estudiando. Quiero salir con mis amigos constantemente. Quiero hacer tantas, tantas cosas. Pero estoy en un punto en donde de cierta forma no sé por dónde seguir. Sólo sé que a pesar de que me falta mucho por crecer, si miro hacia atrás puedo ver una a una las enseñanzas que me ha dado la vida. En este último tiempo, especialmente, a valorarme y a no responder a lo que los demás esperan de mí. Autenticidad y amor propio. ¡Creo que eso es bastante más importante a que se me olvide ir al supermercado de vez en cuando!

¿Te pasa también?

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