La verdadera comunicación

Cuando Julián era chiquitito, había algo que siempre me llamaba la atención. Él podía llamarme mil veces «Mamá, mamá», y las mil veces yo responderle «¿Qué?», pero esto jamás se detenía a menos que mi respuesta fuera mirándolo a los ojos. Si yo miraba para otro lado, o estaba haciendo otra cosa mientras le hablaba, él no consideraba que su mensaje había sido recibido.

 

Con el pasar de los años, esto se le fue pasando. Y por supuesto, yo, distraída con el tiempo que vuela, con las mil y un cosas que hago en el día, con la pega, con las amigas, con tratar de ser una buena mamá, esposa, empleada y dueña de casa, dejé que así fuera. El tiempo pasó, y el aprendió, -probablemente imitándolo de mí y de los adultos que lo rodeamos-, que uno puede darse por satisfecho con una respuesta que no involucra una mirada a los ojos.

 

Durante mucho tiempo me acordaba ocasionalmente de esto y me daba pena. Especialmente cuando notaba que ya no lo exigía como al principio. Admito que soy una adicta al celular, a las redes sociales, a la «velocidad» que trae consigo el día a día, a hacer cosas, a moverme. Y que, a pesar de que trato de conversar con él constantemente, de saber qué siente, qué piensa y en qué anda, extraño esos días en que él necesitaba mirarme a los ojos para hablarme, no como ahora que muchas veces soy yo la que casi tiene que bailar delante de la tele para sacarlo de su estado de hipnotización cuando está viendo monitos.

 

Hoy es mi Martín el responsable de haberme devuelto esto, de estar recordándome nuevamente lo importante que es mirarse a los ojos. Como volviendo el tiempo atrás, cada vez que me llama, espera una mirada atenta de vuelta. Si no la obtiene, simple. Me agarra la cara con sus pequeñas manitos y me gira decididamente hacia él. Mi pollo chico, un poco más obstinado que su hermano a esa edad, no se conforma con un «¿Qué mi amor?» mirando al vacío o haciendo otra cosa mientras le respondo. Él sabe lo que se merece. Lo mínimo que merece de su mamá. Y debo admitir que me encanta.

 

Estoy trabajando constantemente en que mis hijos, a diferencia de muchos de los adultos que conozco, sean personas que sepan mirar a los ojos. Seres HUMANOS. No sé si logro darme a entender bien mientras escribo esto. Sólo sé que quiero que así sea siempre entre nosotros. Que hagamos el esfuerzo de dejar el celular mientras estamos en la mesa, de no decirnos lo que pensamos por chat, de dejar de depender de la hiperconectividad en la que vivimos. No quiero dejar de aprender de mis hijos, de ese chip de pureza con que vienen creados. No quiero perder jamás la capacidad que sé que aún tengo de escuchar a mis amigos mirándolos a los ojos, de seguir llamando por teléfono a la gente que me importa para decirle «Feliz Cumpleaños», de mantener esos pequeños detalles, tan en vía de extinción pero que tanta falta nos hacen como sociedad y que tan importantes son, al menos para mí.

 

Y por sobre todo, quiero que mis hijos no sientan jamás que puede existir en el mundo algo más importante que lo que ellos tienen para decirme.

 

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