«La La Land» y el pretexto perfecto para volver a creer

Fui a ver el aclamado musical hace casi un mes atrás con mi hermano y mi cuñada al Cine Hoyts de Los Trapenses y, antes de que les diga cualquier cosa, no puedo dejar pasar el sacrilegio de ofrecer cabritas endulzadas con STEVIA. ¡CON STEVIA! ¿SERIOUSLY? A ver, antes de que me digan que existen hace mil años, entiendan que para mí encontrar el momento para poder ir al cine es como un mini milagro, y no las había podido probar antes. Compramos un combo para compartir entre los tres y eran incomibles. Tanto así que tuvimos que cambiarlas por saladas ya que ya ni siquiera existe la opción de comprar las regulares. Simplemente las eliminaron de la faz de la tierra. (Me acordé del triste año en que Nestlé decidió empezar a hacer lo mismo con sus cereales y de cómo con mi hermano llamamos unas mil veces como mínimo para rogar que nos devolvieran el Chocapic original). En fin.

 

Tenía las expectativas altas, sí. Es como obvio, ¿no? Tras arrasar en los Globos de Oro (ganó los 7 premios a los que había sido nominada), todos habíamos escuchado maravillas y claramente las 14 nominaciones a los Oscar siendo la favorita absoluta, te hacen entrar a verla pensando que, como mínimo, te va a explotar la cabeza. Y bueno, ver a Ryan Gosling y Emma Stone cantando y bailando era ya como la guinda de la torta. Nada podía salir mal. Pero más allá de todos esos hechos -a mí parecer, indiscutibles-, creo que el GRAN logro de «La La Land» es hacer que uno salga del cine con una sensación exquisita que creo no haber sentido así REALMENTE de adulta, con el corazón a mil por hora y un nudo en la garganta, preguntándote «¿Y por qué no?».

 

En este musical, Damien Chazelle no sólo logra hacerte sentir que a ratos estás viendo un híbrido moderno y perfecto entre Casablanca, Fantasía, Singin’ in the Rain y Mary Poppins, sino que te hace de alguna manera volver a creer en ti. Mucho más que una historia de amor, «La La Land» es definitivamente la historia de amor con uno mismo. Es la exposición en pantalla grande de ese anhelo secreto que todos tenemos guardado bien en el fondo, unos más que otros, de llegar a ser lo que siempre soñamos. Es el bofetazo que te hace ver -sin anestesia alguna-, cómo hemos perdido la capacidad de creer, de pelear por lo que alguna vez deseamos de todo corazón.

 

Vengo de una familia de artistas y creativos. Un hermano músico, el otro fotógrafo, mi mamá pintora y ceramista, tíos pianistas y así, suma y sigue hacia atrás. Quizás por eso fue que en la escena donde Emma Stone se manda un solo inolvidable, no pude contener las lágrimas. Porque conozco en primera persona lo que cuesta hacerse un nombre cuando uno no sigue el patrón «tradicional» que, lamentablemente, aún en esta sociedad muchos esperan de nosotros. Y peor aún, cuando eso mismo, hace que dejemos de creer en nuestras capacidades y talento. Cuando dejamos que nos afecte.

 

Por un rato ese día, en ese cine, me sumergí en un mundo que pienso que hoy sólo puede entender un niño, porque nosotros, los grandes, hemos perdido esa capacidad. Por un par de horas volví a creer que podía ser todo lo que alguna vez soñé. Y con una banda sonora tan maravillosa de fondo que descargué apenas llegué a mi casa, volví a creer en mí y me atreví nuevamente a confiar en lo que valgo, en lo que me llena y apasiona. Así que sí, creo que «La La Land» se merece ganar mañana cada uno de los premios a los que fue nominada. ¿Ya la vieron?

 

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