Éste es para mí uno de esos días que uno necesita de tanto en tanto para saber que está haciendo las cosas bien. Hoy mi hijo mayor, Julián, cumple siete años. Siete años que no han sido fáciles en muchas, en innumerables ocasiones. Siete años en que he crecido y madurado inmensamente en todos los aspectos de mi vida. Siete años y unos pocos meses desde que perdí a mi primer amor, mi papá, mientras Julián vivía dentro mío. Siete años desde que tuve que aprender a ser fuerte, pero fuerte de verdad. A ser valiente por mi hijo, porque él me necesitaba.

 

En todos estos años jamás he estado libre de dudas sobre cómo lo estoy haciendo como mamá. El Juli es un niño maravilloso, brillante, con una sensibilidad impresionante. Probablemente porque yo también soy así, hipersensible, y creo, de corazón, que porque además no tuve un embarazo emocionalmente fácil. Por lo mismo, lo que para otros niños quizás es más simple o ha llegado antes, en él ha demorado un poquito más. Por eso siempre he sido partidaria de respetar sus tiempos. Esa ha sido siempre mi bandera de lucha. Por que sé que nadie lo conoce más que yo, así como también he confiado siempre en que cada meta se cumple cuando tiene que ser, ni un minuto antes.

Este año el Juli pasó a primero básico. Algo que nos tenía angustiados tanto a él como a mí. No porque no creyera en él, sino que porque le cuestan mucho los cambios, y pasar al colegio grande, con un curso nuevo, era algo que lo tenía muy preocupado. Estaba nerviosa por ejemplo, porque, por norma del colegio, ya no podría ir a dejarlo a su sala y él lo necesitaba. Estaba nerviosa porque el año pasado no logró quedarse a los talleres extra programáticos hasta las 16:00 y éste año no había opción. ¡Estaba nerviosa por tantas otras cosas más que para otros niños no son tema, pero que para mi pollo sí! Pero intenté con todo mi ser jamás traspasárselo. Darle la seguridad de que iba a poder, de que iba a estar bien. De que si él se demoraba un poquito más en acostumbrarse que el resto, no importaba. De que supiera que cada uno es distinto, que a veces a unos les cuesta más una cosa, y a otros otra. De que eso no lo hacía ser menos, de que al contrario, el tener miedo tiene la gran gracia de que si no existiera, no tendríamos cómo ser valientes. De que sin la oportunidad de poder superarlo, no sentiríamos la satisfacción de haberlo logrado. Por eso lo esperé. Esperé que solito se fuera atreviendo. Siempre conteniéndolo y dándole la seguridad de que jamás iba a estar solo. Trabajando en equipo con las profesoras nuevas que, sin conocerlo, entendieron que le era difícil, y con un cariño y paciencia enormes, nos han apoyado increíblemente estos días. Con mi traje de guerrera invisible convencida de que si mi hijo necesitaba que lo fuera a dejar a la puerta de su sala todo el año, lo iba a hacer, aunque tuviera que pelear con quien fuera. Porque no todos los niños son iguales, porque todos necesitamos en la vida alguien que nos entienda y no nos presione a acelerar nuestros procesos. Y eso es lo que siempre he estado dispuesta a hacer por mis hijos.

 

Esta semana cuando nos pidió de regalo de cumpleaños un arco de fútbol, o cuando lo vi jugar un partido con sus amigos en el patio de mi casa, me acordaba de todas las críticas que recibí en este tiempo. Algunas con intención, otras sin quererlo, pero todas críticas al fin y al cabo. “Que por qué no era más dura con él”, “que por qué no lo obligaba a quedarse a taller aunque se quedara llorando”. “Que era culpa mía que no se atreviera”, “que tenía que obligarlo a jugar fútbol porque sino “lo iban a rechazar”. Comentarios a niveles tan enfermos y estúpidos que sólo me dan pena por ser el reflejo de la limitada sociedad en la que vivimos. Por suerte nunca caí en eso. Por suerte siempre puse a mi hijo y su felicidad por delante. Porque hoy, antes de llevarlo al colegio, me pidió solito cambiar su mochila porque quería llevar su pelota de fútbol. Porque hoy cuando me bajé a dejarlo, dispuesta una vez más a cruzar todo ese pasillo e ir a dejarlo hasta su sala, -me dijeran lo que me dijeran-, él se dio vuelta en la entrada, agarró la torta de cuchuflí que yo llevaba en las manos para que le celebraran, y me dijo “mami, hoy entro solo”. Y mientras lo veía caminando tan seguro, tan chiquitito y grande a la vez, sentí un orgullo tan enorme, que no pude contener los lagrimones (sin que él me viera, obvio). Hoy sentí que en estos siete maravillosos años, es él quien me ha enseñado que el gran valor que tiene cada uno, es ser distinto al resto. Único. Y que es cuando eso se respeta, que aparece lo mejor del ser humano.

 

Y hoy, además, sentí en mi corazón la voz de mi papá diciéndome “negrita, lo estás haciendo bien, estoy orgulloso de ti”. Y más que eso, no puedo pedir.

 

Feliz cumpleaños mi conejillo de indias. Que jamás apures tus procesos por parecerte al resto y que siempre comprendas que dentro de ti está todo lo que necesitas para ser feliz. Te amo mi Juli.

 

 

 

 

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