Historia verídica

Yo creo que ya lleva siendo más de un año desde que empezaron a llamarme de Cencosud preguntando por un señor -que claramente no soy yo- y a quien para proteger su identidad en esta historia, le pondremos «Juan Pérez» (muy original de mi parte, ja).

 

Resulta que este Juan Pérez tenía cuentas impagas de tarjetas de crédito y qué sé yo qué cosas más, y por X motivo, en dicho call center tenían asociado mi celular a su nombre. Por más que reclamé, que llamé de vuelta, que rogué, que ya hasta me empecé a reír y hacer amiga de cada uno de los tipos que me llamaban preguntando por él, lo siguieron haciendo hasta hace unas dos semanas atrás, día en que recibí el último llamado que recuerdo. Comprenderán que en todo este tiempo, este Juanito ya era casi como parte de mi familia. Me sabía su nombre completo (los verdaderos dos nombres y dos apellidos) de memoria.

 

El tema es que esta semana había quedado de juntarme en una oficina con alguien por unos documentos que teníamos que intercambiar, cuando obvio, al momento de salir de la casa, mi auto decidió no prender. Me atrasé tratando de solucionar el tema, pero finalmente, como no lo logré, me fui en un Uber. Hice el trámite que tenía que hacer, y a la vuelta, mientras esperaba el taxi de vuelta sentada en un banquito con mi hijo mayor que me había acompañado, se nos acerca un señor cojeando con un bastón, a preguntarnos si teníamos algún trabajo para darle. Nos empieza a contar que le cortaron los 5 dedos del pie por su Diabetes -me los muestra-, y que, por lo mismo, le había sido imposible conseguir trabajo. Me conmovió, qué les voy a decir. Me dolió el alma y me dio una pena tremenda. Por lo mismo le dije que me diera sus datos, que no tenía trabajo para ofrecerle pero que lo iba a compartir en redes sociales, que a veces sirven para hacer el bien aunque pocas veces lo veamos. Acto seguido y voluntariamente me pasó su carné, mientras me dictaba su nombre y celular. No sé por qué y sin prestarle demasiada atención, le saqué una foto al documento antes de devolvérselo. Le di plata para que pudiera almorzar y se le llenaron los ojos de lágrimas dándome las gracias. A mí se me llenó el corazón de impotencia. Después de guardar rápidamente mi billetera de vuelta en su lugar, levanté la vista y no lo vi por ninguna parte. Se había esfumado.

 

Cuando llegué a mi casa y abrí mi computador para publicarlo, saqué mi celular y revisé la foto que le había tomado al carné. Y sí. Recién ahí me di cuenta de cómo se llamaba. Era «Juan Pérez».

 

(Si por casualidad se te ocurre/tienes algún trabajo que ofrecerle, contáctame para darte sus datos: danivilensky@gmail.com).

 

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