El día en que acepté -de verdad- que mi papá ya no estaba

Una psicóloga a quien le estoy muy agradecida, me preguntó hace algún tiempo dónde sentía yo a mi papá.

 

«Al lado mío», le contesté. «Siempre a mi lado, un poco más atrás de mí, siento su presencia constantemente cuidándome la espalda donde quiera que voy».

 

Por mucho que eso fuera cierto, y que me tranquilizara enormemente, sus palabras jamás se me olvidaron. «Vas a haber terminado de hacer tu duelo, y aceptado en paz la muerte de tu papá, el día en que no lo sientas a tu lado, sino dentro tuyo, en tu corazón», me dijo.

 

Me es raro recién hoy poder contarles esto. Hoy que han pasado 5 años y medio desde su partida. Pero creo que la vida es sabia y cada quien tiene sus propios tiempos.

 

Siempre me sentí un poco extraña de ver como el mundo seguía girando luego de que yo hubiera perdido a mi papá, con sólo 51 años, con toda su vida por delante, y más aún con su primer nieto en camino. Me costó mucho aceptarlo no sólo por la difícil situación que ya era en sí misma, -porque perder a un padre cualquiera sea la manera o circunstancia es un dolor desgarrador-, pero porque además, no pude darme el tiempo en ese momento de vivir mi duelo, estaba demasiado ocupada aprendiendo a ser mamá.

 

Hoy, no sé si afortunada o lamentablemente, tengo a mi alrededor unos pocos amigos muy queridos que han sufrido el dolor de perder a sus papás recientemente. Junto a ellos, he vuelto a revivir de cierta forma cada lágrima, cada llanto desgarrador, y el recuerdo de esos momentos en que pensé que jamás saldría adelante. Pero todo pasa por algo, y mientras los veo a ellos, cada uno a su manera enfrentando su proceso, me voy dando cuenta de cómo avanzó el mío, aunque tardíamente, pero lo hizo. De cómo hoy soy capaz de hablar de mi papá con una sonrisa de oreja a oreja en la cara, de usar su polerón regalón cuando tengo frío, luego de haberlo tenido tanto, tanto tiempo guardado en el clóset con miedo a sacarlo porque aún, años después de su partida, sentía su perfume ya inexistente impregnado al abrirlo, lo que traía consigo una nueva ola de un dolor tan profundo que no sabía si sería capaz de soportar.

 

Fue recientemente que comprendí, -no sé exacto en qué minuto-, que mi papá comenzó a vivir dentro de mi corazón. Quizás cuando superé la angustia que me provocaba cambiarme de casa, porque ahí, en mi primer hogar de casada había estado él, riendo y conversando conmigo tantas veces, como esa última juntos acostados en mi cama, él sabiendo que le quedaba poco, yo secretamente rogando que no fuera cierto.

 

Quizás fue cuando logré de corazón comprender que la muerte es parte de la vida, y dejé ir el odio profundo y perdoné esa fecha que tanto dolor me trajo. Quizás, cuando entendí que me quedaba mucho, mucho por vivir aún, y no podía seguirme postergando.

 

Han sido pequeños pasitos los que me han llevado a darme cuenta de mi avance. Conversaciones con mis amigos que sólo creen que los estoy apoyando yo, sin siquiera sospechar la magnitud de todo lo que ellos me han ayudado de vuelta. El hecho de que aunque en mi casa nueva aún no haya puesto ninguna foto de mi papá, y no haya vuelto a sacar -todavía- tantas cosas materiales que me hacen recordarlo, -como esa exquisita crema de limón para limpieza facial que alguna vez me regaló en un viaje y que tuve tantos años vacía en la ducha sin ser capaz de botar por el simple hecho de que me recordaba todo lo que nos reímos en esa tienda-, son sólo confirmaciones de mi avance, de que ya no necesito de todo eso. De que aún viviendo hoy en un lugar nuevo que el jamás conoció, lo siento presente en cada momento y celebración que ocurre aquí, en cada decisión que tomo.

 

Pero por lejos, mi graduación llegó cuando una amiga me preguntó hace poco sobre él. Ni siquiera recuerdo exacto qué fue lo que me dijo o de qué estábamos hablando. Lo que no puedo olvidar desde ese día fue la sonrisa tan de adentro que me nació cuando, espontáneamente y sin pensarlo, terminé la frase diciéndole «es que yo a mi papá lo siento aquí», con ambas manos en el corazón.

 

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