Acabo de apretar el botón. Acabo de mandar el mail para avisarle a más de 200 mujeres -que no me conocen personalmente-, que mi página está arriba desde este momento exacto. 200 mujeres que voluntariamente me dieron sus correos porque les interesaba lo que yo tenía para mostrar y quisieron ser de las primeras en enterarse. 200 mujeres que me siguen en Instagram por opción propia, de manera voluntaria. Mujeres que creen que de alguna manera mi contenido les aporta. DOSCIENTAS MUJERES. Wow.

Es increíble pensar a veces en el recorrido que he hecho en tan poco tiempo. Me cuesta creer que hace tan sólo 2 años, era otra. Una mujer que se dejaba pasar a llevar, que no se atrevía a hacer nada con todos esos sueños que imaginaba todo el día en silencio. Una mujer que sentía que alguna vez lo lograría. Alguna vez, por allá, “cuando las cosas se dieran”. Una mujer que no concretaba, una mujer llena de miedos.

Y les prometo que por más que pienso qué fue lo que generó el cambio, cuál fue el hecho que comenzó con esta seguidilla de decisiones bien tomadas, cuál fue esa semillita que en algún minuto sembré sin sospechar los frutos que después me daría, no logro encontrarlo con exactitud.

Entiendo que no es que haya sido sólo una cosa. Uno no se levanta un día y dice “Ok, hoy decido empezar a cumplir mi sueño”. Al menos no de manera real. Es fácil hablar así, de la boca para afuera, gritarle al mundo que hoy eres distinta, que no te pierdan de vista porque lo que se viene, se viene bueno. Lo difícil es creerlo a puerta cerrada. Lo difícil es ese momento en el que estás sola contigo, hablándote como siempre lo haces, intentando bloquear, con todas tus ganas, esa voz que siempre te ha impedido avanzar. Esa que te pone a prueba recordándote todo lo que pasaría si no resulta. Si te equivocas. Si no lo logras. Si haces el ridículo. Si no es para ti. Si ya pasó tu minuto.

Si tengo que elegir un momento en que sentí ese enfrentamiento conmigo misma, un momento clave en todo lo que ha pasado estos dos últimos años, fue el haber tomado una decisión que, en ese entonces, no entendía por qué estaba tomando.

Tenía un trabajo de editora en un sitio que amaba, que me hacía muy feliz, y me habían ofrecido ser socia. ¡SOCIA! Socia de un proyecto que me fascinaba, uno donde me proyectaba absolutamente, donde me llevaba increíble con las dos mujeres que hasta ese momento eran mis jefas, al que había llegado mandando mi CV, sin conocer a nadie, donde lo que hacía todos los días me apasionaba, donde me daban ganas de entregar cada día más. Bajo toda lógica, era un sueño hecho realidad.

A medida que pasaban los días, mientras pensaba en mi respuesta, la euforia se fue convirtiendo en ansiedad. Y la ansiedad, tomó forma de angustia. Los días se me hacían eternos, se me había quitado hasta el hambre (que, créanme, eso en mí es un MUY mal signo), estaba desmotivada, cansada, y con unas constantes ganas de llorar. Había algo, que no podía identificar, que me impedía decir que sí.

Es increíble cómo la vida nos pone a prueba a veces en las formas más curiosas. Como, por ejemplo, en forma de seres queridos. Mi mamá, mi marido, y mis pocas amigas más cercanas a las que les conté, me decían que lo hiciera. ¡Y tenían toda la razón! ¡Era una propuesta como la que había esperado toda la vida! Pero era mi guata la que no me dejaba tranquila, la que no me dejaba avanzar hacia allá.

Pasaron casi dos meses en que no supe qué responder, y seguí trabajando como de costumbre. Me fui de vacaciones a un viaje esperadísimo, y lloré todas las noches. TODAS. Mi cabeza, mis ganas y mi ser me decían que era miedo solamente. Pero mi cuerpo, les prometo que me decía lo contrario. ¿Por qué con una propuesta como esa no estaba saltando en una pata de alegría? ¿Por qué había pasado tanto tiempo sin que pudiera responder?

Así que volví. Y contra todo pronóstico, dije que no. Y no sólo dije que no, sino que sin tener idea por qué lo estaba haciendo, y con absolutamente ningún plan bajo la manga, también renuncié. Porque así soy yo. Todo o nada que a medias no sirve.

Si yo hubiese sabido la ola que generaría esa decisión, claro que la hubiese tomado antes. ¿Conocen el efecto mariposa? Lo que siguió desde ahí fue un proceso de auto descubrimiento tan grande, una búsqueda tan intensa de quién era, que hoy muchas veces cuando me siento a pensarlo, me hace llorar de emoción. Literalmente. Se me caen las lágrimas.

Han pasado poco más de dos años desde ese momento, y un poco menos desde el nacimiento de la Dani con Lápiz, y me sigue costando creer que hubiese 200 mujeres interesadas en lo que tengo para contar. Me sigue costando creer que esperé tanto tiempo para teñirme el pelo rosado como siempre quise, para andar por la calle como quería sin importarme DE CORAZÓN lo que opine el resto. Me cuesta creer todo lo que me dejé humillar, todo lo que no hice por mí, lo que no me cuidé. Me sigue costando creer cómo me traté durante tanto tiempo así. Cómo me hablé con tan poco cariño. Pero hoy entiendo que, en ese entonces, todavía no estaba lista para todo eso.

Sé que mi camino puede ayudar a tantas de ustedes que se sienten así. Me es difícil a veces dimensionar que cada uno de los hermosos mensajes que me mandan en redes sociales sean para mí. Me detengo a leerlos varias veces, ¿saben? Respiro, y trato de incorporar lo que eso significa porque no quiero jamás dejar de sentir esa emoción. Y, les confieso que, cada vez que estoy triste, o siento que no avanzo, o cuando me vuelvo a sentir estancada y quiero mandar todo a la cresta, los leo otra vez. Y tal como hice hoy luego de apretar el botón de “Enviar”, lloro. (Sí, soy llorona, y también aprendí que no tiene nada de malo). Lloro porque me toca profundamente que alguien que no conozco me diga que la inspiro. Lloro porque hay mujeres que me dicen que esperan mis publicaciones, que les hacen bien. Que sienten que sin conocerlas, les hablo a ellas. Y lloro porque la vida no vale si no sabemos agradecer cada una de estas cosas que son las que de verdad la conforman. Y yo soy una agradecida.

Hoy hice algo que hace tan sólo unos años jamás hubiese creído posible. Y hoy también sé que no voy a descansar hasta llegar a todas las que pueda con mi mensaje. Porque ya sea a través de mis cursos, de mis productos, o de mis letras en cualquiera de sus formas, todo lo que hago apunta a lo mismo y, queridas, esto está recién comenzando.

 

Un abrazo, 

 

 

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