Durante gran parte de mi vida, asocié el éxito laboral a una oficina rica, -no gigante necesariamente, ni tampoco siendo su única habitante- pero sí cómoda, con ventana (escribir con luz natural siempre ha tenido un enorme efecto en mí). Un lugar que obviamente me hubiese ganado tras varios años de haberme sacado la cresta, de haber adquirido experiencias en distintas empresas. Un sitio en donde me sintiera bien, valorada y con un trabajo apasionante, donde pudiera aportar algo, donde me llevara bien con la gente que estuviera tanto por sobre, como por debajo de mí. Un oasis laboral en donde me pagaran un sueldo no acorde a la carrera que estudié, sino el que realmente me merezco, donde pudiera inspirar a otros, y tantas, tantas ideas más.

 

Durante gran parte de mi vida me imaginé así, en algún futuro remoto, trabajando de 9:00 a 17:00 -si no era mucho pedir-, cerrando el computador a la hora, compatibilizando mis tareas con mi vida social, familiar, o lo que me importara en ese momento que, asumía, serían esas cosas.

 

Durante gran parte de mi vida estuve tan, pero tan equivocada…

 

Imagino que para un pedazo no menor de la población mundial, el éxito laboral sigue oliendo un poco así. Cada uno lo adaptará a su manera. Y ojo, cada manera es absolutamente válida. Algunos preferirán más lucas, menos ventanas. Otros, ser su propio jefe, no trabajarle nunca más un peso a nadie. En fin, hay tantas versiones de esta idealización que uno se va construyendo a lo largo del camino, que muchas veces nos perdemos entre tanta vuelta, y no paramos a mirar DE VERDAD qué es el éxito para cada uno. Porque lo que se siente como un logro para ti, no tiene por qué sentirse de la misma forma para alguien como yo.

 

Muchas veces sentí que tenía trabajos en los que no era valorada como lo merecía. Tantas veces viví haciendo infinitamente más de lo que me correspondía (infinitamente a un nivel ridículo) y obvio, por un sueldo patético que no me atrevía a reclamar. Pero en la vida las situaciones se nos repiten muchísimas veces, no para jodernos, sino que simplemente para darnos la oportunidad de aprender, de avanzar, de sacar lecciones. Para decirte en la cara: “¡Oye! ¡Imbécil! ¡Acá estoy, dándote una nueva oportunidad de entender por qué te pasa esto!”. Hasta que llegó el momento en que lo vi. Lo que había hasta ese entonces considerado como caídas o decepciones laborales, se convertían simplemente en escalones para llegar a un propósito.

 

Hoy por fin entiendo que mi vara del éxito no depende del tamaño de la ventana que tenga mi oficina. Ni siquiera depende de si tengo oficina o no. Entendí (y estoy en el proceso de ACEPTAR también), que mi éxito se mide en sonrisas. Que soy una persona extremadamente creativa y que eso también puede ser un trabajo. Que no tener un empleo “tradicional”, con “horario de oficina”, no significa absolutamente nada más que una opción de vida. Que todos tenemos distintas maneras de crecer, de desarrollarnos.

 

Tanto tiempo llevo sintiendo un “no sé qué soy”. Me desesperaba un poco no encontrar una línea definida por la que seguir, para poder darle con todo a una sola arista. Me sentía perdida mirando hacia atrás y viendo el “salpicón” de carreras, cursos, trabajos que he hecho (y sigo, y seguiré haciendo). ¡De verdad, durante mucho, pero mucho tiempo busqué el éxito en un lugar tan lejano al que se encontraba! Lo que nunca consideré hasta hace poco es que esa, con todo lo anteriormente mencionado, era yo. Que es válido (¡y maravilloso!) ser alguien que no encaja con el sistema clásico. Que no a todos nos hace feliz tener un sueldo millonario u obtener un ascenso. Que mi capacidad de crear, va estrictamente ligada a mi capacidad de ser feliz. De sentirme plena. Que nunca antes me sentí valorada porque la primera en desvalorizarme siempre fui yo misma.

 

Cuando uno estudió como carrera principal una que lamentablemente es mirada en menos en un país como éste, cuando uno sabe que es mujer y que va a recibir ¡ojalá! la mitad de lo que le pagarían a un hombre por hacer lo mismo, y peor aún, cuando se es madre, y sabes que la sociedad te va a castigar laboralmente por querer pasar tiempo con tus hijos, entonces uno se culpa. Uno acepta cosas porque cree que no va a encontrar nada mejor. Que no va a haber nada más con un horario flexible. Uno se castiga, uno aguanta sueldos miserables, horarios ridículos, entre tantas otras cosas. Al menos eso me pasó a mí durante muchos años.

 

De verdad hoy escribo esto con un peso menos en el alma. Ya di el enorme primer paso de aceptar (tras años de terapia, -porque no hay nada mejor en el mundo que invertir tiempo en conocerse-), que para mí el éxito no es tener plata. Tampoco es hacer una carrera envidiable, ni tener mi propia oficina con ventana. Para mí ser una persona exitosa es simplemente que lo que sea que haga cada día, me llene el corazón. Que pueda hacerlo con una sonrisa genuina. QUE ME DEN GANAS DE SEGUIR HACIÉNDOLO. Que si es ser cantante, escritora o ingeniero civil, perfecto. No todos somos iguales. Y que en el proceso, sea capaz de transmitirle a mis hijos justamente todo esto (que me hizo acordar del post de La La Land); que pueden ser lo que ellos sueñen y que sólo a ellos les tiene que importar. Y el resto que se joda. Así de simple.

 

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