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Me había hecho una ecografía sólo unos pocos minutos antes. Era temprano aún, casi las 9, y esperaba junto al mesón de la cafetería de la clínica a que me entregaran mi ya usual chocolate caliente.

Cuando a mi marido le sonó el teléfono, yo ya lo sabía. Lo vi empalidecer mientras lo escuchaba decir “sí, sí, está aquí conmigo” y me miraba con ojos vacíos. Los ojos de alguien que sabe que tiene que decirte algo que te va a romper el corazón.

Pero en ese instante yo ya sabía que mi papá se había ido. Lo supe la noche anterior cuando, en un impulso en plena madrugada, escribí la carta más triste que me ha tocado escribir jamás; el discurso que quería decir en su funeral. El discurso que un par de días después leí de pie, con mis 6 meses y medio presionados contra el podio, unos cuantos Ravotriles encima y la vista completamente difusa de tanto llorar. Frente a mí, caras de lástima y muchos pañuelos. Es de las pocas cosas que recuerdo de ese día.

Cuando mi ahora ex marido lo dijo en voz alta, sólo se hizo real. Tan real que yo dejé de sentir los dedos. Tan real que no recordé haber soltado el vaso que me habían entregado hasta muchas horas después. Tan real, que ni siquiera reaccioné cuando éste se reventó contra el suelo y el líquido caliente me quemó los tobillos hinchados, ensuciando mi falda floreada y el largo mesón de esa cafetería a la que hoy, casi 10 años después, aún no puedo entrar.

El día anterior a ese 25 de noviembre de 2010, me había despedido de mi papá de una manera distinta. Unos meses antes, en las vacaciones de invierno, había decidido congelar el último semestre de mi segunda carrera para poder acompañarlo el tiempo que le quedara. Quería que pusiera su mano en mi guata cada vez que él quisiera. Supongo que también quería sentir que había un vínculo entre mi hijo por nacer y su abuelo porque, muy en el fondo, sabía lo que se venía.

Mis días eran prácticamente iguales. Me iba de la clínica tarde y volvía de nuevo a la mañana siguiente. Pero ese día en específico, no sé por qué, me nació decirle un secreto que, hasta este día, no sabía nadie más. Y sé que fueron esas palabras las que lo liberaron. Me tendí a su lado, mi brazo sobre su pecho cansado como intentando impregnarme de él.  Como intentando grabar todo en mi memoria para que no me faltara a qué arrimarme después. Lo abracé muchísimo rato, mi cabeza muy cerca de su oído, y con palabras entrecortadas le pedí que se fuera. Le dije que ya era suficiente, que yo quería que él estuviera bien, que no sintiera más dolor, y me prometí en voz alta y por el inmenso amor que le tenía, que su nieto iba a saber perfectamente quién y cómo había sido, y cuánto había luchado contra ese cáncer sólo para tratar de conocerlo. Ya se había hecho de noche cuando por fín reuní el coraje para salir de ahí.

Perder a un ser querido es durísimo. Y perder a mi papá a sus 51 años estando embarazada de mi primer hijo, su primer nieto, ha sido para mí durante mucho tiempo inexplicable. Estuve mucho tiempo enojada con Dios, supongo que una psicóloga me diría que es parte del proceso. Yo lo puse en duda, no lo encontré en mis momentos de más profundo dolor. No logré aferrarme a Él. Pero logré perdonarlo y encontrarlo años después de otra manera. Una manera más mía, una que se adapta más a la mujer que soy hoy.

Sigo sin entender el por qué. Hay cosas que uno jamás podrá explicarse, pero siento que, hace un par de años, ya no lo necesito hacer.

Ya no estoy enojada. Perdí físicamente a uno de los seres humanos que más quería en la vida, pero también llegó mi Julián. Y hoy sé que se cruzaron en el camino, uno de ida, el otro de regreso.

No hay día en que no lo extrañe. Los que hemos perdido a alguien que amamos sabemos de eso. Jamás se supera, y tampoco ha sido nunca esa mi intención. ¿Cómo se podría superar a alguien a quien amaste tanto? Simplemente se aprende a vivir con ese dolor a cuestas. En cada uno de mis cumpleaños sigo esperando su llamado a las 00.00, siempre era el primero. En cada logro, sigo sintiendo el impulso de llamarlo para escuchar su voz sonriente a través del teléfono. En el nacimiento de mi segundo hijo Martín, hace pocos meses en el de mi sobrino – su tercer nieto-, cuando mis niños aprendieron a caminar, cuando el mayor se graduó del jardín, cuando el menor me dijo “mamá” por primera vez. En cada uno de esos pequeños momentos, lo extraño con un dolor profundo. Pero, de cierta forma, me gusta que sea así. Aunque es triste, esa pena sólo me demuestra lo profunda y verdadera que es la huella que dejó.

Hoy tenemos nuestra propia manera de relacionarnos, mi papá y yo. Escucho su voz, lo llevo conmigo a cuestas, y me siento constantemente acompañada y protegida. Le hablo y me responde. Lo siento. Tenemos nuestro propio idioma. Le pido que cuide a sus nietos, y me quedo tranquila.

Me gusta contar esta historia por varias razones, entre ellas, para recordarme una y otra vez lo fuerte que soy.

Diez años después, mientras escribo estas líneas, sé con certeza que se encuentra a mi lado, feliz y orgulloso. Así como también sé que, si cierro los ojos y me concentro sólo un poco, puedo escuchar esa voz que tanto extraño, decirme “te amo negrita” una vez más. Y con eso, con tan sólo eso, ya puedo respirar un poco mejor.

 

 

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