Atención, querido/a vecino/a

(Foto por Gleren Meneghin)

 

Viví 7 años completitos desde que me casé en un edificio en donde, como en todos lados, existía el clásico modelo de vecino que JAMÁS te saluda. Ese que sin importar si te topas con él/ella en el ascensor face to face, en el estacionamiento, o si se cruzan en el auto mientras uno sale y el otro entra, no te va a dedicar ni siquiera el más mínimo levantamiento de ceja. O sea, un indicio de sonrisa, ni lo sueñes.

 

Tengo un caso aún más extremo. En mi mismo piso, en el departamento en diagonal al nuestro, vivía una mujer de unos treinta y tantos que, para el 27F se quedó atrapada sin poder abrir su puerta principal. Con mi marido escuchamos sus gritos y la ayudamos a empujar para sacarla y poder bajar por las escaleras. ¡Uno de los actos más heróicos de los que recuerdo haber participado! Bajamos los 10 pisos juntos a oscuras, estuvimos horas comentando y comparando versiones, escuchando nuestra radio a pilas, compartiendo linternas. Y la muy bitch, después de todo ese bonding donde yo juré que íbamos a ser prácticamente BFF’s de por vida, volvió a nunca más dirigirnos la palabra, ni a mostrar señal alguna de buena onda al toparnos durante todos los años que siguieron.

 

Por supuesto, como en todo, hay excepciones. Hay otros como yo que viven el concepto de «vecindad» de una manera más abierta, y tienen valores similares a los míos que al menos los obligan a decir «hola» y «chao» como mínimo al cruzarse con alguien que vive en su mismo edificio. Y como me cambié hace muy poco a una casa en condominio y tengo grabados en el corazón a mis vecinos/amigos de infancia con los mejores recuerdos, es que a mis nuevos compañeros de barrio les vengo a ofrecer lo siguiente:

 

Sr(a). Vecino(a),

 

Esto es, como imagina, una ofrenda de paz. No espere de mí un canastito con muffins de arándano recién horneados, porque como bien dice mi pequeña biografía, colecciono más recetas de las que llevo a cabo, pero sí le prometo que le puedo ofrecer otras cosas que son bastante más interesantes que media docena de quequitos esponjosos. (No, no es nada de lo que piensa, y sí, si se porta bien, algún día quizás le haga mi fantástico banana bread).

 

Le ofrezco que veamos crecer juntos a nuestros hijos. Que hagamos turnos cuando haya que ir a buscarlos a la disco de moda. Le propongo que los dejemos jugar a veces en su casa, otras en la mía, porque soy una mamá aprensiva y dada la situación actual del planeta, prefiero saber exacto con quienes se juntan y qué hacen mis niños, donde mis ojos los vean. Lo invito a pedirme ayuda en lo que necesite, tengo buena voluntad. No soy metiche ni entrometida. Soy desordenada, eso sí. Trato de no juzgar, le pido que Ud tampoco lo haga. Me gusta saludar y despedirme de todos. (Creo que las sonrisas son contagiosas y pueden mejorar un mal día). Le propongo asados de vez en cuando; mejor aún si se aplican a las lateras reuniones de copropietarios. Le prometo que siempre que tenga, le convidaré una taza de azúcar, un huevo o un limón. Y hasta puede que ni se lo cobre de vuelta (sin aprovecharse, eso sí). Prometo avisarle con antelación por cada celebración ruidosa que haga y no hinchar tampoco cuando le toque a Ud el turno. No colgaré cuadros a horas indebidas, ni menos los fines de semana. A cambio no pido demasiado. Simplemente espero de vuelta lo mismo. Nada más (nada menos).

 

Espero que no se lo tome a mal, pero me gusta dejar las cosas claras.

 

Atentamente,

Su nueva vecina.

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