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Llegué a mi taller dos marzos atrás, a pocos días de cumplir 34, y decidida a escribir el mundo con mis propias letras.

Había renunciado un tiempo antes a mi pega “oficial” sin estar segura del por qué, ni tener un plan de acción claro. La poca plata que ganaba haciendo cuadros a pedido se me iba en materiales, no me conocía casi nadie, ni tampoco confiaba en mí lo suficiente como para arrendar un espacio propio. Pero en un impulsivo arrebato, -digno de mi Aries de sol y ascendente-, con la luz natural de la ventana como prueba de que era el lugar correcto, me escuché diciéndole “lo tomo” al conserje que me lo mostraba.

Lo cierto es que hay cosas que no requieren demasiada explicación más que un profundo sentimiento de certeza.

En pocos días cumplo 36 años. Y aunque es verdad que las circunstancias actuales me impusieron una retirada mucho más abrupta, no fue el estancamiento económico, sino el absoluto convencimiento de que este espacio me quedó chico, -y no me refiero al tamaño-, el que me hizo contratar un flete y organizar mi salida en menos de 2 horas. A poco de iniciarse la cuarentena obligatoria en la comuna donde vivo, estaba cerrando la puerta de mi taller por fuera. Y, ¿la verdad? No tengo ni una pizca de pena.

Lo que pasa es que mis sueños ya no caben ahí. Mis ganas tampoco. Son demasiado grandes, crecen a un ritmo que ni yo misma soy capaz de manejar.

Llegué ahí con la fe inquebrantable de que ese lugar me daría inspiración. De que esa ventana con luz natural era exactamente igual a la que llevaba soñando toda una vida. No me había dado cuenta de que, en ese momento, confiaba más en los 20 m2 de las cuatro paredes de ese edificio antiguo, que en mí misma.

Lo llené de cosas lindas, armónicas, estéticas. Saqué lentamente la voz. Me atreví a aparecer primero en mis propias fotos, luego en la cámara. Enseñé mi terapia de letras a cientos de mujeres. Decidí dejar de hacer cosas personalizadas para poder tener tiempo de crecer, de enfocarme en algo más grande. Me teñí el pelo rosado. ¡Realmente estaba haciendo las cosas que quería! Llegué a ese lugar vendiendo cuadros, y hoy, dos años después, tengo una tienda de e-commerce con productos que diseño sin ser diseñadora, cursos online que ven desde otros países, y una comunidad de mujeres que me inspiran a mejorar.

Sería una mal agradecida si hoy sintiera frustración por no tener cómo pagar ese arriendo, porque no era el lugar; no se trataba de eso. Dos años me demoré en entenderlo. Hoy ya no necesito tener el pelo rosado para sentir que “soy alguien», como cuando recién me atreví a hacerlo. Si lo vuelvo a hacer no será por demostrarme algo.

Hoy no es ni la ventana de luz perfecta, ni los m2. No es don Jorge, el conserje, ni es el espacio. Tampoco es el taller en sí. Soy yo. 

El jueves hice una mudanza física, porque todo lo demás me lo llevo puesto. Llené de gratitud cada rincón de la 205, que ya cumplió su ciclo. Ya no me aferro, no es necesario. Lo que llenó ese camión fue únicamente el material que me ayuda a llevar a cabo lo que siento. Porque la luz, toda esa luz natural e imponente, se vino conmigo de manera voluntaria, bien agarrada de mis entrañas. Porque hoy, soy yo quien la lleva adentro.

Un beso,

 

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